El fascismo es una ideología política autoritaria y ultranacionalista que surgió en Europa a comienzos del siglo XX, especialmente asociada a Italia bajo Benito Mussolini y a la Alemania nazi bajo Adolf Hitler. Se caracteriza por el culto al líder, la represión de la diversidad política, el control total del Estado y la idea de que la nación debe estar por encima del individuo. El fascismo promueve una visión rígida de la identidad nacional, glorifica la violencia política y rechaza la democracia, el pluralismo y los derechos civiles.
Dentro de este marco ideológico, el antisemitismo —el odio, discriminación y persecución contra las personas judías— se convirtió en un pilar central del nazismo. Aunque el antisemitismo existía desde siglos atrás, los fascistas lo transformaron en política de Estado. En la Alemania nazi se presentó a los judíos como enemigos internos responsables de crisis económicas, sociales y culturales, utilizando la propaganda y pseudociencias raciales para justificar su exclusión, deshumanización y, finalmente, su exterminio.
Esta combinación entre fascismo y antisemitismo llevó a uno de los episodios más oscuros de la historia: el Holocausto, en el que seis millones de judíos fueron asesinados, junto con millones de otras víctimas consideradas “indeseables” por la lógica fascista.
Comprender el vínculo entre fascismo y antisemitismo es esencial para reconocer cómo los discursos de odio y las ideologías extremistas pueden convertirse en violencia sistemática cuando se institucionalizan y se normalizan. Recordarlo no es solo revisar el pasado: es una forma de defender la dignidad humana y la democracia en el presente.
En nuestra Mesa de actualidad, hablamos con nuestros colaboradores de este interesante tema.
